La [IN]Capacidad Moral
Cada cierto tiempo reaparece en la discusión pública peruana el tema de la incapacidad moral, así como la posibilidad de declarar la vacancia de la Presidencia de la República en base a ello. En efecto, la Constitución del Perú establece que una causal de vacancia del cargo de Presidente de la República es la incapacidad moral permanente. Lo que no aclara, sin embargo, es de qué naturaleza es esta incapacidad ni qué se entiende por permanente. Cuando decimos que alguien es moralmente incapaz, la pregunta obvia es: ¿moralmente incapaz de hacer qué? La afirmación de que alguien es moralmente incapaz es incompleta, porque lo que falta es establecer en qué terreno es incapaz.
Ciertamente no se puede estar diciendo que esa persona es incapaz de actuar moralmente, porque si así fuera le estaríamos quitando toda responsabilidad moral y, por tanto, incluso lo haríamos legalmente inimputable.
Así pues, cuando la gente coloquialmente dice que alguien es moralmente incapaz, lo que en realidad está diciendo es que esa persona es incapaz de gobernar, o de legislar o de administrar justicia, etc., por los estándares morales inaceptablemente bajos de sus acciones. En otras palabras, esa persona sería incapaz de ejercer una función pública, porque se encontraría por debajo de los niveles mínimos necesarios para ejercer tal función. Sin embargo, hay dos preguntas importantes que surgen aquí. En primer lugar, ¿este comportamiento moral es relativo a su conducta pública y privada, o sólo a su conducta pública? En segundo lugar, ¿cuáles son los niveles de moralidad mínima exigidos por la sociedad y quién debe establecerlos? Probablemente todos estaremos de acuerdo en que un presidente que manda matar, torturar o robar es moralmente incapaz de ejercer el cargo y debe ser echado. Pero, ¿diríamos lo mismo de un presidente que no cumple sus promesas o de uno que miente? Además, ¿de qué envergadura debe ser la mentira? No son preguntas simples, pero lo que sí creo que debe quedar claro es que el tipo de conducta presidencial relevante para nuestro análisis es el que afecta a los intereses de la nación, no a su vida privada, a menos que la vida privada del Presidente llegue a afectar los intereses de la nación. En otras palabras, la incapacidad en cuestión alude a la moral pública, no privada, precisamente porque el Presidente ha sido elegido para ostentar un cargo público. Pero quizá este sea el momento de plantear la pregunta con mayor generalidad.
Desde un punto de vista filosófico, podría decirse que la capacidad moral es la facultad o competencia para distinguir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, entre la conducta valiosa y la que no lo es. El incapaz moral está por debajo de los niveles mínimos de moralidad que exige la sociedad para que la vida en común sea posible. Podría distinguirse, sin embargo, tres tipos de incapacidad moral.
En primer lugar, el sentido más elemental es el de la persona que simplemente es incapaz de distinguir entre lo bueno y lo malo. Esta persona es incapaz de tener creencias morales y con frecuencia suele carecer de empatía, la capacidad para ponerse en el lugar del otro y padecer con él o ella sus venturas o desdichas. Estos, que suelen ser casos anormales, ya sea por tratarse de coeficientes intelectuales demasiado bajos o por deberse a patologías psiquiátricas gruesas, con frecuencia son llamados “estúpidos morales”, y no son los que nos interesan en esta ocasión porque, para empezar, estas personas no son plenamente responsables de sus actos y por tanto no son jurídicamente imputables.
El segundo caso de incapacidad moral, es el de la persona que pudiendo distinguir entre el bien y el mal no reconoce la dimensión normativa del bien. Sabe lo que es bueno y lo que es malo, pero no se siente internamente obligado a actuar en conformidad con la moralidad en la que él mismo cree. Sin embargo, en este punto es necesario hacer una aclaración. Hay un antiguo debate filosófico acerca de si los conceptos de bien y mal tienen contenidos universales, es decir, acerca de si todas las sociedades entienden por ‘bien’ básicamente lo mismo o no. Algunos se sentirán inclinados a pensar, que el bien es un concepto básico y universal, y que todos los seres humanos de todas las sociedades y culturas tenemos una innata intuición que nos permite reconocerlo. Otros creerán que los conceptos morales son históricamente constituidos, de suerte que lo que es bueno para una cultura no necesariamente lo será para otra. Aunque esto es materia de debate, lo que sí parece bastante claro es que toda sociedad conocida distingue entre acciones valoradas positivamente y acciones reprobables, es decir, entre lo que esa sociedad llamaría ‘bien’ y ‘mal’, independientemente de los contenidos que se den a estos conceptos. En otras palabras, lo que es universal es la distinción moral misma y el hecho que el concepto de bien implica necesariamente una dimensión normativa. Esto significa que el individuo se siente internamente compelido a actuar en conformidad con lo que él cree que es el bien y a rechazar el mal. Pero no necesitamos abordar el debate entre universalistas versus culturalistas para definir este tipo de incapacidad moral, porque lo relevante para juzgar a alguien de incapaz moral en este sentido es que se trata de una persona que, teniendo creencias acerca de lo que es bueno, no actúa en conformidad con ellas porque no se siente constreñido a hacerlo. El incapaz moral, en este segundo sentido, actúa en contra de lo que él mismo reconoce como bueno. De esta manera, el sujeto puede tener creencias morales pero su incapacidad moral radica en no sentirse comprometido con ellas. Este sería el caso, por ejemplo, de la persona que sabe que torturar es una maldad, que robar a un pueblo famélico y empobrecido es una inmoralidad, que enriquecerse a costa de la ignorancia y la miseria de los demás es una perfidia, pero esto no le importa. Lo único que le importa es conseguir su propio beneficio, su propia satisfacción, su propio bienestar, aún si esto es a costa del sufrimiento extremo de los demás. Este puede ser un caso de egoísmo patológico y, eventualmente, incluso de estupidez moral. Si además esta persona detenta cargos de gobierno y actúa de manera sistemáticamente inmoral en materia pública, debe ser considerado un incapaz moral permanente y debe ser echado del cargo que ostenta. En nuestro país, este fue claramente el caso de Fujimori y de mucha gente que lo rodeó, quienes no pecaron por ignorancia del bien sino por carecer de todo compromiso personal con él. Basta observar el comportamiento de un personaje como Vladimiro Montesinos para notar que hay aquí también un elemento de estupidez moral: sus razonamientos son exclusivamente estratégicos y excluyen totalmente la dimensión moral. Montesinos parece simplemente incapaz de razonar en términos morales.
Hay un tercer tipo de incapacidad moral que, en realidad, es un desdoblamiento del segundo. En este caso se trata de la persona que se engaña a sí misma. Él reconoce que está obrando mal pero considera que ello está justificado en ciertas circunstancias. Así por ejemplo, puede reconocer que la tortura o el robo son básicamente inmorales pero cree que hay circunstancias excepcionales en que uno está justificado para realizar estas acciones. Así, se engaña a sí mismo pensando que los altos destinos de la patria dependen de que se torture a una persona, o que la felicidad eterna de su familia depende de que pueda robarle al estado. En ocasiones esto toma ribetes cómicos y hasta ridículos, como en el caso de aquel general de la mafia fujimontesinista que al preguntársele por qué robó catorce millones de dólares contestó que lo hizo pensando en el bienestar de su familia.
En el terreno político, lo que se le exige al Presidente de la República es que esté por encima de los mínimos morales tolerables. Lo que no resulta claro, sin embargo, y ciertamente puede variar de sociedad en sociedad, es cuáles son esos mínimos tolerables. En todo caso, el énfasis se pone en su comportamiento público y en su manejo de las cosas públicas y no en su vida privada, en tanto ésta no afecte su función gubernamental. Ciertamente uno no espera del Presidente que sea un santo, pero sí que sea un hombre fundamentalmente correcto, sincero, confiable y en alguna medida virtuoso. Mi impresión es que si bien personajes como Fujimori y Montesinos, así como muchas de las personas que los apoyaron, son claramente incapaces morales, sería un exceso calificar a Toledo de esa manera. Creo que en todo caso se podría decir de él que es una persona confundida o errática, tanto en sus fines como en sus estrategias, pero no creo que sea una persona que se sienta ajeno a todo compromiso moral. El problema de Toledo más parece ser un asunto de maneras que de sistemática inmoralidad.
Me temo que el tipo más frecuente de incapacidad moral es el segundo. Me temo, además, que con diversos grados de radicalidad esto se está volviendo endémico en el Perú y que este es el legado fundamental del gobierno de Fujimori: ha puesto al país al borde de la estupidez moral. Desde el individuo que mata, tortura o roba millones sabiendo que lo que hace es malo pero no le importa, pasando por el político que miente y engaña sabiendo que lo que hace está mal pero no le importa, hasta el chofer de combi que se pasa un semáforo en rojo sabiendo perfectamente que lo que hace es incorrecto pero no le importa, lo que tenemos es una continuidad de la misma tara. Estas personas saben perfectamente lo que está bien y lo que está mal, y no educarían a sus hijos de una manera diferente al resto de nosotros, sin embargo no sienten la obligación de actuar en concordancia con el bien. Simplemente no ven por qué deberían hacerlo si eso no los beneficia directamente. Hay un sentido en que esto es también un tipo de estupidez moral, porque aunque reconocen la diferencia entre el bien y el mal, no perciben el vínculo que esto tiene con la acción. Quizá los representantes paradigmáticos de este situación sean algunos choferes de combi. Ellos saben perfectamente que pasarse un semáforo en rojo o cruzar a otro carro arriesgando las vidas de sus pasajeros es incorrecto, también saben que sería beneficioso para todos, incluyendo ellos mismos, que nadie cometiese esas tropelías. Simplemente no se sienten compelidos a actuar según lo que ellos mismos saben que es mejor para todos, en tanto podría ser que en el corto plazo no sea tan beneficioso para ellos como seguir actuando bárbaramente.
Mi sospecha es que este tipo de desconexión entre las creencias, los deseos y las acciones del sujeto es lo que muestra su incompetencia moral. Pudiendo distinguir entre el bien y el mal, esa gente simplemente no percibe la dimensión normativa del bien. Para la mayoría de personas, menos para los estúpidos morales, comprender (o creer) que algo es bueno, es inseparable de sentirse compelido a actuar en concordancia con ello. Para una persona que percibe esta dimensión normativa, sería moralmente contradictorio y eventualmente ansiógeno decir “yo creo que mi deber es hacer X pero no quiero hacerlo porque no me beneficia”. Para el incapaz moral, aquí no hay ninguna contradicción y aunque la hubiere sería irrelevante porque lo último que le interesa es su integridad moral. Esto está muy cerca de lo que Hanna Arendt llamaba “la banalización del mal”: uno termina acostumbrándose a la conducta inmoral y termina pareciéndole normal. No es que deje de reconocer lo bueno de lo malo, no es un problema teórico ni conceptual, es que simplemente no ve por qué tendría que actuar en conformidad con el bien que él mismo ha reconocido como tal si esto no le resulta directamente beneficioso.
Aunque esta banalización del mal ha estado presente en nuestro país desde hace mucho, pienso que el gobierno de Fujimori la fomentó y reforzó hasta niveles antes insospechados, convirtiéndola en una situación endémica. Esto ha tenido como consecuencia que la gente le pierda la fe al gobierno y al Estado mismo. De hecho la gente ni siquiera se identifica con el Estado, del cual todos somos parte, y lo considera un ente abstracto, inasible e inconcebible. La prueba de ello es que uno puede llegar a probar que un político se enriqueció robándole al Estado, pero la gente sigue votando por él. ¿Por qué? Porque la gente no siente que se le este robando a ella sino a un ente inmaterial que no pertenece a este mundo. La gente no se siente parte del Estado. El problema es que la confianza es el cemento que mantiene ligado al tejido social. Cuando la confianza se resquebraja el tejido social entra en descomposición. Y esto ocurre cuando la gente observa que desde el gobierno mismo, que para muchos es la encarnación del Estado, se fomenta la incapacidad moral.
Frente a este apocalíptico panorama, ¿qué solución podría ocurrírsenos? Sospecho que un buen comienzo sería que los gobiernos fomenten la interiorización de la dimensión normativa de la moral, de suerte que se refuerce la intuición de que nuestra concepción moral no debe ser meramente teórica sino debe involucrar una necesidad personal de actuar en conformidad con el bien. Pero esto sólo se puede hacer con el ejemplo. Así como algunos políticos delincuenciales fomentaron este tipo de incapacidad, otros podrían, si se aplican en ello, reforzar la dimensión normativa de la moral devolviendo a nuestra sociedad el cemento que la une y que impide que colapse como proyecto colectivo. Por ello es importante que los políticos en general, comenzando por los del partido de gobierno, muestren al país que no sólo son capaces de hacer distinciones morales sino también de actuar en conformidad con ellas.